Magnus estaba en su despacho, había recibido la visita de una bruja, a la que, por lo que pudo deducir, llevaba años sin ver. Alec se había decidido preparar una ligera merienda a los dos subterráneos, un té y unas pocas pastas, y fue a llevarlas al despacho de su novio. Pero antes de entrar, se detuvo junto a la puerta, al escuchar una pregunta de la bruja.
–¿Qué tal está Alec?
–Tan precioso y perfecto como siempre –contestó Magnus, y aunque no lo veía, Alec podía asegurar de que estaba sonriendo.
El nefilim sabía que su físico cambiaría con el paso del tiempo, arrugas aparecerían en su piel y su oscuro pelo se volvería blanco como la nieve, y que eso haría cambiar la opinión de Magnus. Con un semblante lleno de tristeza, entró en la habitación y dejó la bandeja en la mesa. El brujo que jamás perdía de vista a su amado, ni un solo segundo, notó que algo le pasaba.
–Alec, ven.
Alec le miró confundido, y sin decir nada se acercó a él. Magnus tiró un poco de su camisa para darle un tierno beso en los labios. “Te amo” susurró cuando se separaron. Las mejillas del cazador de sombras se volvieron completamente rojas. No esperaba que Magnus le besara y menos cuando parecía estar hablando de algo importante con su amiga. Sin pronunciar palabra, se dio media vuelta y salió de la habitación.
Décadas pasaron desde aquel incidente. Los años habían pasado factura en el cuerpo de Alec, el pelo que alguna vez fue de color azabache, se había vuelto pálido y su cuerpo ya no era el mismo de cuando era joven. Magnus no comentaba nada al respecto. Sin embargo, él sabía que seguramente ya no le atraía como antaño. Las palabras de Camille se habían grabado a fuego en su mente y no había mañana en la que no despertara sin el miedo de perder a Magnus.
Un día, el nefilim caminaba por un parque de vuelta a casa después de hacer unas compras, cuando escuchó la voz del brujo tras unos arbustos. Sintiéndose igual que hace años, se escondió detrás de un árbol cercano para poder escuchar la conversación.
–Sí que has tenido una vida feliz desde la última vez que nos vimos –le oyó decir.
–No me puedo quejar –era la voz de una mujer la que oyó- ¿Y Alec? ¿Cómo está? ¿Qué tal con él?
–Sigue tan precioso y perfecto como siempre.
Al oír tales palabras, las bolsas se escurrieron por sus manos haciendo ruido al chocar contra el suelo. Sobresaltado, Magnus miró detrás del arbusto y lo vio. Sus ojos, que no habían perdido su brillo ni su jovialidad con el paso de los años, estaban abiertos de par en par y las lágrimas fluían por sus mejillas.
–¿Alec? ¿Qué haces aquí?
Alec solo negó con la cabeza al tiempo que se limpiaban las lágrimas, el brujo lanzó una mirada a la mujer, quien asintió con una sonrisa y se fue. Magnus se acercó a Alec y le envolvió con sus brazos, este ocultó el rostro en su pecho y le abrazó con firmeza.
–¿Por qué lloras, amor? –su voz era suave y su mano acariciaba el blanco pelo con lentitud. Los sollozos del nefilim se ahogaban en su pecho.
–Te amo –fue su respuesta. Magnus sonrió, tomó su rostro con ambas manos y le besó.
–Aku cinta kamu, Alexander –secó sus lágrimas con una sonrisa- para siempre.



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