lunes, 17 de junio de 2013

Estaban en el centro de una sala, frente a frente, con los ojos posados en los del otro. Los ojos de gato lo miraban insistente, serio, y los ojos del Hermano Silencioso, aunque ocultos bajo la capucha, lo miraban con la misma seriedad.

No voy a hacerlo.

Magnus oyó con claridad su voz en su mente, pero no se dio por vencido. Era el único que podría ayudarles, el único que querría ayudarles.

–¿Estás seguro? Se trata de él, Jace Herondale, el último de los Herondale, su último descendiente.

El Hermano Zachariah permaneció inmóvil, como si las palabras del brujo no hubiesen sido pronunciadas. Pero Magnus sabía muy bien que esas palabras afectaban al antiguo cazador de sombras más de lo que deberían hacerlo.

Cerró los ojos y los recuerdos no tardaron en llegar, como un huracán.  Imágenes de un malhumorado niño de doce años con unos profundos ojos azules y pelo oscuro mostrando pena por su condición. El mismo chico entrenando con él, sus luchas contra demonios por las calles de Londres. Lo bien que se entendían y complementaban, mejor que cualquier otros parabatai.

A su mente llegaron también recuerdos de cuando el moreno le pidió ser su parabatai, el juramento que ambos hicieron para llegar a serlo;

“A donde tú vayas, yo iré, y donde tú habites, yo habitaré. Tu gente será mi gente, y tu Dios, mi Dios. Donde tú mueras, yo moriré, y ahí seré enterrado. El Ángel me haga esto, y mucho más, si nada más que la muerte nos separa a ti y a mi.”

Se llevó la mano al lugar donde había estado la runa que los había unido. Abrió los ojos y los posó de nuevo sobre Magnus, que le miraba esperando una respuesta.

Está bien, os ayudaré.

Magnus ladeó una sonrisa, sintiéndose satisfecho porque todo iba según lo planeado.

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