sábado, 15 de junio de 2013

Final del atardecer

El último ninja cayó con un corte profundo en el cuello, pasó la mirada a su alrededor, cerciorándose de que no quedaba nadie más y echó a correr. Había quedado con él en el puente que había sobre el río, ese que estaba de camino a casa. Llegaba tarde, pero no podía hacer nada, cada vez eran más y más los asesinos que la interceptaban, y cada vez era más difícil acabar con ellos. Pero ella era una experta luchadora y había salido casi ilesa de las batallas, a excepción de algún que otro corte en las extremidades, pero nada que le hiciera tirar la toalla y buscar refugio. Corrió y corrió a través de los callejones de la ciudad, buscando el camino más corto para llegar hasta el lugar acordado. Solo esperaba que él se encontrara bien, que nadie le hubiera hecho daño.

Se apresuró hasta llegar al puente y allí lo vio, apoyado en la barandilla, con las manos sobre ella y mirando el flujo del río, absorto en sus pensamientos. Notó como sus músculos se relajaban y suspiró aliviada, un gran peso que llevaba encima desapareció al verle. Corrió hacia él con una sonrisa, él se giró a escuchar su nombre. Sus labios habían formado su característica sonrisa llena de ternura y amor que solo le dedicaba a ella. Estaban a unos pocos centímetros del otro, ella se veía ya entre sus brazos, notando su calor, cuando unas flechas atravesaron su cuerpo delante de sus ojos violetas. Debido al impacto de las flechas, perdió el equilibrio y cayó al río.

Tardó varios segundos en reaccionar, en asimilar lo que había pasado. Se había sentido en el cielo hace unos instantes y parecía haber caído en el infierno en tan solo unos segundos. Miró hacia el río y ahí estaba su cuerpo, lleno de flechas y el agua teñida con su sangre. Saltó del puente, cayendo junto a él, lo sostuvo entre sus brazos mientras las lágrimas amenazaban con salir de sus ojos.

–No llores… –pronunció de forma entrecortada, sangre salía de su boca, y alzó su mano para tocar su mejilla. –Todo estará bien… –sus labios se volvieron a curvar, en una ligera sonrisa, que se mantuvo intacta tras el último latido de su corazón.

La mano cayó inerte de su mejilla y las lágrimas del rostro de ella no tardaron en recorrer por su rostro. Y una última flecha fue disparada, directamente a su corazón. Abrió los ojos como platos y miró hacia su pecho y, con manos temblorosas, se sacó la flecha, la sangre no paraba de brotar; su vida se iba lentamente. Entrelazó los dedos con los de él antes de caer muerta junto a él. En ese momento, el sol se puso y la noche cayó sobre ellos.

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