sábado, 15 de junio de 2013

Otoya estaba en su habitación, tumbado en la cama, con la mirada fija en el techo y perdido en sus propios pensamientos. Estos giraban en torno a su compañero de cuarto. Giró la cabeza, mirando hacia su cama vacía. Tokiya estaba ausente por trabajo. Llevaba varios días así. Había escuchado de Syo y Ren que siempre llegaba el primero a clase, pero en cuanto sonaba la campana que marcaba el final del horario escolar, desaparecía entre la multitud.
 
El pelirrojo dejó escapar un suspiro. Le echaba de menos, y mucho. Pese a que Tokiya no parecía demostrar ningún signo de afecto hacia su persona, y siempre acababa regañándole por todo, él le consideraba un gran amigo, alguien en quien podía confiar, alguien que pudiera aconsejarle y escuchar sus problemas (aunque Tokiya lo escuchaba en contra de su voluntad, para que su compañero de cuarto callara y le dejara estudiar con tranquilidad).
 
La puerta de la habitación se abrió, dejando entrar a un cansado Tokiya. No tardó ni una décima de segundo en saltar de la cama y correr hasta su compañero de habitación para darle un fuerte abrazo. El efusivo e inesperado abrazo hizo que el chico de pelo azul perdiera el equilibro, haciendo que su bolsa cayera al suelo, aunque consiguió estabilizarse.
 
-¿Otoya?
-Te he echado mucho de menos, Tokiya –dijo ocultando su cabeza en su pecho mientras le abrazaba más fuerte.
 
Tokiya no estaba acostumbrado a las muestras de cariño, y un simple abrazo le resultaba incómodo, y le molestaba cada vez que el pelirrojo se tiraba en sus brazos invadiendo su espacio personal, pero esta vez no pudo evitar enternecerse y acariciarle el pelo. No comprendía por qué, quizás fuera por la tristeza que había notado en el tono de su compañero, o quizás porque él en el fondo, muy en el fondo, también lo había echado de menos. Aunque nunca admitiría eso.

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