Recordaba muy bien las veces que había imaginado unos musculados brazos rodeando su cintura con firmeza, o las veces que había imaginado a ese chico de cabellos dorados posando sus cálidos labios (si es que eran así) sobre los suyos, besándole de forma apasionada, pues no podía pensar en que sus besos fueran de otra forma. Y ahora se encontraba en una una situación parecida a lo que llevaba años imaginando. Semejante, pero totalmente distinta. Los brazos que le rodeaban, la lengua que se movía ágil por su boca no eran los de su parabatai; no eran los brazos y labios con los que había soñado, no eran de Jace.
Sin embargo, lejos de sentirse apenado, frustrado o cualquier otro sentimiento negativo, se sentía muy bien. Demasiado bien. Su corazón latía con fuerza y notaba el calor acumulándose en sus mejillas. La mano de Magnus se deslizaba lentamente por debajo de su ajustada camiseta, haciéndole estremecer. La boca de ambos se habían separado y ahora la lengua del brujo recorría el cuello del nefilim. Alec comprendió que la realidad era mucho mejor que una mera fantasía, por muy elaborada que fuera esta y por mucho que se repitiera. Y comprendió, pese a que no pudiera reconocerlo en voz alta, que gracias a Magnus se sentía así y que no podía ser otro que no fuera él.



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