jueves, 18 de octubre de 2012

El ruido persistente del timbre interrumpió su sesión de belleza. Gruñiendo, recogió todos sus cosméticos y se quitó la mascarilla con un chasquido de sus dedos. Se acercó a la puerta maldiciendo por lo bajo, odiaba que le interrumpieran. Al abrir la puerta, se encontró a cierto nefilim de cabellos azabaches cabizbajo y una sonrisa hizo acto de presencia en sus labios; le encantaba que el cazador de sombras le visitara, sobre todo si no había sido planeado. Agarró su barbilla para fijar su mirada en sus ojos color cielo. Y su sonrisa se desvaneció. Los ojos del joven nefilim reflejaban una profunda tristeza y la hinchazón y rojez le advertían de que había estado llorando. Por él. Otra vez por él.

El llamado Gran Brujo sintió algo haciéndose añicos en su interior, como un frágil cristal, y dolía, dolía mucho. El hecho de que Alec llorara, el hecho de que llorara por un amor no correspondido, el hecho de que no estuviese enamorado de él dolía. Pero dejó el dolor a un lado, pues la felicidad y el bienestar de Alec era lo primordial –¿quién iba a imaginar que alguna vez Magnus Bane se sentiría así?–, y le abrazó con fuerza, la cabeza de Alec oculta en su pecho. Magnus no tardó en darse cuenta de que el cuerpo de Alec comenzó a temblar y el nefilim empezaba a sollozar. Por eso, sin soltarle ni un instante, le hizo pasar al interior de su casa y sentarse en su sofá dorado de terciopelo. El cazador de sombras no pronunció palabra alguna –algo raro, pues siempre que le visitaba Alec soltaba alguna incoherencia debido a los nervios. Ni siquiera habló cuando Magnus le ofreció una taza de café, simplemente se dejó caer, apoyando su cabeza en el hombro del brujo. Este le abrazó cada vez más preocupado; no era la primera vez que veía al nefilim de esa forma, pero aún así no sabía cómo reaccionar. Si fuera alguna otra cosa, podría usar su magia para solucionarlo pero ¿de qué le servía ser el Gran Brujo de Brooklyn si no podía ayudarle?

–Cariño… –susurró.

Sin embargo, Alec no respondió. Sin saber muy bien qué hacer, se apartó de él y en un intentó por consolarle, posó sus manos en las frías mejillas del cazador de sombras y le besó, intentando transmitir en un beso todo lo que sentía. Magnus vio cómo Alec cerraba los ojos y sus pómulos se teñían de un fuerte color rojizo. Cuando se separaron, Alec le miraba con el ceño fruncido, aún sonrojado. Magnus se sintió aliviado, al menos volvía a reaccionar como siempre.

–¿Qué pasa cariño? –preguntó con sonrisa burlona.
–Nada –giró la cabeza, apartando la mirada de los ojos gatunos de su amante.
–¿Demasiado vergonzoso para ti?
–C-Claro que n… –pero antes de que terminara la frase, Magnus le calló con un beso.

Alec dormía plácidamente en la cama del brujo mientras este le observaba y jugaba con su pelo. Le besó en la frente, aún preocupado, al menos había conseguido animarle un poco. La imagen de Alec llorando oprimía su pecho, pero no había nada que pudiera hacer, simplemente esperar, esperar a que Alec se olvidara de Jace y se diera cuenta de los sentimientos del brujo y de que estaba ahí para él, solo para él. Le acarició la mejilla, ante el tacto, Alec sonrió y Magnus deseó con todas sus fuerzas que Alec estuviera soñando con él y que esa sonrisa, aún en sueños, se la dedicara a él.

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