Magnus Bane nunca fue una persona demasiado madrugadora debido a su enorme amor a las fiestas. Él prefería aprovechar la noche para divertirse y tener toda la mañana, incluso parte de la tarde, para poder dormir. Sin embargo, hacía unos pocos meses había aprendido que levantarse temprano tenía su parte buena: podía observar cómo la persona que yacía a su lado descansaba tranquilamente entre sus brazos. Así pues, aunque habían pasado unos pocos minutos desde que había amanecido, el Gran Brujo de Brooklyn abrió sus rasgados ojos de gato. Se encontró con un joven que descansaba desnudo, con el cabello despeinado. Tardó unos segundos en darse cuenta de que el joven le estaba abrazando. Este tenía un rostro sereno y una ligera sonrisa en los labios.
Alexander Lightwood dormía junto a él. Era un nefilim extremadamente divertido: siempre que iba a visitarle le saludaba con un insulto o una frase incoherente, pero en cuanto Magnus se acercaba y le besaba los nervios del cazador de sombras se acentuaban y su habitual sonrojo aparecía en sus mejillas. Tras esto, Alec entraba en la casa del brujo, con la cabeza agachada, y pasaban el resto de la noche allí. A la mañana siguiente amanecían juntos entre las sedosas sábanas del brujo.
Alec se movió ligeramente quedándose un poco más cerca de Magnus, quizás en busca de calor. El brujo sentía la respiración del joven en sus labios y no pudo evitar dirigir su mirada hacia ellos. Eran finos y estaban ligeramente abiertos. Casi de manera inconsciente se acercó hasta él y le dio un dulce beso.
–Te quiero, Alec –susurró. Le llamó la atención ver cómo la sangre de Alec subía hasta sus mejillas, volviéndolas rojizas.–Así que haciéndote el dormido. No pensaba que los cazadores de sombras usaran ese truco.
–Sigo dormido.
–Desde luego –sonrió–, la gente dormida suele contestar a los demás y se sonrojan cuando le besan.
Alec abrió los ojos, con el ceño fruncido y Magnus sonrió triunfante, el nefilim se delataba con tanta facilidad. Haciendo caso omiso a las quejas sin sentido de Alec, volvió a besarle, cortándole. Una vez se separaron, Magnus comprobó que el rostro de Alec era completamente rojo y le abrazó con fuerza, el cazador de sombras se limito a esconderse en su pecho. ¿Cómo una persona podía ser tan mona e inocente? Había conocido a mucha gente durante sus ochocientos años, pero nadie que fuera como él, ni que se le pareciera. Alec era único.
–Te quiero nefilim estúpido.
Alec, sin separarse del pecho del brujo murmuró algo que sonó a “y yo a ti”. De nuevo, Magnus volvió a sonreír.



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