En el balcón de la mansión Rainsworth, sentado en una silla completamente blanca, a juego con la mesa, y tomando el té de la tarde junto a unas ricas pastas, Oz Vessalius miraba fijamente con una tierna sonrisa en los labios, cómo Alice, su querida cadena, devoraba sin compasión un muslo de pollo de un tamaño mayor de lo normal. Los ojos de Alice reflejaban una gran alegría y una sonrisa permanecía en sus labios.
A Oz le maravillaba la forma en la que Alice mostraba sus sentimientos, sin importarle lo que pensara el resto de personas: si Alice estaba feliz, saltaría y corretearía con una gran sonrisa; si Alice estaba triste, lloraría sin dudarlo. La sonrisa de Oz se ensanchó, Alice era tan tierna.
–Oz –le llamó– Quiero más pollo.
Oz le pasó otro muslo de pollo y siguió observándola. Ella estaba demasiado ocupada en llenar su estómago –aunque el joven Vessalius dudaba de que comiera por hambre– como para darse cuenta de la mirada que Oz tenía sobre ella.
–Alice…
Cuando terminó de masticar el último trozo de pollo, la cadena dirigió la vista hacia la silla donde debería estar su contratista pero este no estaba, sino que se había levantado y acercado a ella, quedando a unos pocos centímetros. Alice le miró a los ojos, con una expresión de duda y curiosidad, Oz nunca se acercaba de esa forma a ella. No le dio tiempo a pensar ni a decir nada, pues el conde se había inclinado a ella para besarla. Alice, impresionada, le apartó con un pequeño empujón. Oz, que parecía que se acababa de dar cuenta de lo que había hecho, la miró sin comprender. Alice le miraba con el ceño fruncido y un rubor había aparecido en sus mejillas.
–Alice yo… –intentó disculparse.
–¡Estúpido sirviente! ¿Cómo te atreves a hacer eso? –la castaña le fulminaba con la mirada– No vuelvas a hacer eso sin que yo –enfatizó esta última palabra– te lo ordene. Eres mi sirviente, tienes que obedecerme.
–S-si… Lo siento
Oz se dio media vuelta, dispuesto a volver a su sitio y terminar con su merienda, cuando sintió una mano en su chaleco. Se dio media vuelta y vio que Alice miraba al suelo, aún más sonrojada y el ceño aún fruncido.
–Ha-Hazlo otra vez –le pidió.
“Alice es tan tierna” pensó el pequeño Vessalius, sonriendo nuevamente. Y acto seguido puso sus brazos alrededor de Alice y la besó.



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