miércoles, 24 de octubre de 2012

Colores…

Alexander Lightwood no era precisamente una persona que se fijara en los detalles; todo lo contrario, era alguien verdaderamente despistado, pese a que en combate fuera más atento. Tampoco le preocupaba la moda, al contrario que a su hermana, y mucho menos se fijaba en la excéntrica ropa que usaba su novio, el brujo Magnus Bane. Sin embargo, había algo que si le llamaba la atención y eso era el pelo de este.

Magnus tenía la costumbre de teñirse varios mechones de pelo cada día de un color diferente. Al principio le pareció algo que podría considerarse normal viniendo de él, pero con el paso del tiempo, y después de muchas mañanas amaneciendo con él, descubrió que el brujo seguía un patrón de colores dependiendo de su humor. Así pues, el color morado era usado en aquellos días en los que Magnus tenía mucho trabajo por hacer; el color verde lo usaba tenía tiempo libre y podía relajarse; el color rojo siempre lo usaba cuando ambos quedaban a solas. Cuando no usaba ningún tipo de tinte y su pelo era totalmente negro, significaba que el brujo estaba de muy mal humor y era mejor no molestarle. Aun así, advirtió Alec, seguía decorando su pelo con kilos de purpurina. En el caso de que Magnus estuviera eufórico por algún gran acontecimiento, su cabello se parecería más a un arco iris. Jamás había visto el pelo del gran brujo de Brooklyn con mechas rubias; siempre usaba los mismos colores: rojo, morado, verde y negro. Por eso, cuando ese día Magnus le recibió en su casa, el joven nefilim se quedó sorprendido y en vez de decir “hola” como acostumbraba a hacer la gente al saludar, o en besarle, como solían hacer los novios, él dijo otra palabra totalmente distinta.

–Azul

Magnus le miró sin entender. Es cierto que el moreno solía decir cosas incoherentes cuando estaba nervioso, pero nunca había nombrado un color al azar.

–¿Perdona?
–Tus mechas… Hoy son azules.
–Oh, me alegro de que no seas daltónico, amor.
–No es eso… Es la primera vez que te veo así. Normalmente tienes el pelo de un color distinto dependiendo de tu humor. Pero nunca lo habías teñido de azul.

El hijo de Lilith se sorprendió, no esperaba que su despistado novio se fijara en su aspecto y mucho menos en su pelo. Se sintió emocionado y halagado a la vez y quiso abrazarle de la emoción, pero se contuvo.

–¿Por qué azul? –repitió Alec, curioso.
–Es el color de tus ojos.
–Ya… ¿y?
–Han pasado casi dos semanas desde la última vez que te vi… Te echaba de menos –se encogió de hombros.

El cazador de sombras se sonrojó, igual que hacía cada vez que Magnus le soltaba una frase así. Y cada vez que Alec se sonrojaba, Magnus le adoraba más. Así que, sin desperdiciar el tiempo, se acercó a su pareja y le besó, un beso dulce, un beso que llevaba días esperando dar.

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