lunes, 30 de julio de 2012

Mi único deseo

Era una noche oscura y tranquila, pues aquella torre estaba situada en un lugar ajeno al resto de la población, en un lugar apartado de la mansión de los Baskerville, por lo que no había luz alguna que impidiera ver las hermosas estrellas que decoraban el cielo.

–¡Mira Oz! ¡Una estrella fugaz!

Mi pequeña Alice señaló algo que surcó el cielo en cuestión de segundos, con una gran sonrisa en su rostro. Esa sonrisa que tanto adoraba. La luz que reflejaba la luna, la hacía aún más bella.

–¿Sabes, Oz? Una vez oí de Glen que si pides un deseo a una estrella fugaz, el deseo se te cumple. –Alice siempre me enseñaba cosas con una gran emoción– ¡Mira! ¡Otra estrella! ¿Has pedido un deseo?

Me miraba entusiasmada, como esperando una respuesta de mi parte, aunque sabía que era inútil. Y en ese momento, más que nunca, quería que mi boca cosida pudiera moverse y que en mi garganta llena de algodón hubiera cuerdas vocales. Así podría decirle mi único deseo, aquel que pediría a todas las estrellas fugaces y dioses que hicieran falta.

“Mi único deseo, mi querida Alice, es poder protegerte, para que esa preciosa sonrisa que tienes no desaparezca nunca”.

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