Pinkie Pie se crió en un pueblo monocromo, donde los ponis no sonreían y los colores y la alegría parecían no existir. Sin embargo, aquel arco iris iluminó su mundo y su vida cambió completamente. En ese momento, descubrió la magia que había en una sonrisa y, lo más importante, su talento, aquello que la hacía especial y única respecto a los demás ponis.
Cuando la conoció, algo en ella le recordaba a ese arco iris tan especial, quizás fue su nombre, Rainbow Dash, o quizás su Cutie Mark, o quizás su pelo multicolor. Aún así, el corazón del poni de melena rosa latía con fuerza cada vez que la veía, y su pecho se llenaba de un sentimiento cálido, lo mismo que sintió con aquel arco iris. Por eso, Pinkie decidió ser su amiga, costara lo que costara.
Cuando descubrió que su amiga fue la responsable de aquel arco iris que fue tan importante para ella, solo pudo lanzarse sobre ella y abrazarla con fuerza, agradecida por hacerle cambiar y ayudarle a descubrir quién era ella. Y mientras la abrazaba, su corazón latía con fuerza, debido a sus sentimientos por su amiga alada, que seguían creciendo.



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