Alexander e Isabelle eran los hijos mayores de los Lightwood, dos jóvenes que estaban muy unidos. Alexander cuidaba de su hermana pequeña como si fuera su mayor tesoro, le ayudaba con las clases de demonología y estaba dispuesto a ofrecer su mano en todo lo que su hermanita necesitara. Daría todo por su hermana, porque la adoraba, al igual que ella le adoraba a él.
Isabelle recordaba con nostalgia tiempos lejanos, cuando ambos eran unos niños que aún estaban entrenando para convertirse en cazadores de sombras. Alec destacaba en la teoría e Isabelle era muy buena en la práctica. Y aunque al principio Alec intentó ayudarla durante el entrenamiento, al final era Isabelle quien le acababa ayudando y curando las heridas que se hacía con las caídas, pues su hermano era un chico verdaderamente torpe. Tras largas horas de entrenamiento, ambos se retiraban a la habitación de uno de ellos y se tumbaban a la cama, agotados. Entonces, Alec cogía un libro y la pequeña Isabelle se acurrucaba a su lado, abrazándolo. El pequeño Alec empezaba a leer historias sobre Jonathan Cazador de Sombras, sobre varias leyendas de vampiros, licántropos, demonios… y su hermana le escuchaba atenta a los relatos que su hermano leía para ella hasta que sus ojos se cerraban debido al cansancio. Alec, al ver a su hermana dormida, sonreía con ternura, la arropaba y se quedaba dormido junto a ella.
Isabelle conocía a su hermano mejor que nadie, recordaba su sonrisa, su preciosa sonrisa. La joven Lightwood siempre prensó que si su hermano fuera capaz de sonreír más a menudo tendría a millones de chicas y chicos detrás de él, pero su hermano apenas mostraba esa sonrisa que ella tanto adoraba. No obstante, eso cambió cuando Alec conoció a Magnus Bane y empezaron a salir. Ella fue la primera en darse cuenta, al notar un brillo especial en los ojos azules de su hermano. Y cuando él decidió dar un paso más en su relación y presentar a Magnus a sus padres como su novio, ella se alegró más que nunca por él, no solo por haber tenido el suficiente valor de enfrentarse a sus padres y al resto de los nefilim, sino también porque eso hizo que su hermano se relajara y fuera capaz de sonreír. Se alegraba porque su hermano era realmente feliz, y eso era su mayor deseo.
Y ver a su hermano ahí, sentado en la cama, abrazado a sus piernas mientras miraba por la ventana, sin siquiera haberse percatado de su presencia, le partía el corazón. Se sentó a su lado y pasó los brazos a su alrededor, en un abrazo tranquilizador. Alec la miró, sus preciosos ojos azules habían perdido su brillo, y sus labios se curvaron en lo que parecía ser una sonrisa, pero esa no era la sonrisa que ella amaba. Él enterró el rostro entre sus rodillas y ella le abrazó con fuerza, besándole el pelo y acariciando su espalda.
-Todo irá bien, estoy aquí contigo.
Isabelle adoraba a su hermano, lo amaba más que a nadie, y por eso, verle de ese modo, hacía que su corazón se rompiera en mil pedazos.




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