El cielo nocturno cubría la ciudad de Londres. En una habitación del Instituto de la ciudad, dos jóvenes se mantenían despiertos mientras el resto de los habitantes descansaban. Uno de ellos estaba sentado en una silla y sus ojos azules estaban posados en un libro, aunque aquel conjunto de letras no significaban nada para él, pues su atención recaía en el chico de cabello plateado que se encontraba de pie junto a él. Sus ojos plateados permanecían cerrados mientras tocaba una suave y dulce melodía, y su cabello se balanceaba por la ligera brisa que entraba por la ventana.
Era una tranquila escena que se repetía noche tras noche en la habitación del menor; Jem tocaba el violín, mientras Will fingía leer. El moreno nunca le había confesado que, aunque tuviera un libro entre las manos y pasara la página cada cierto tiempo, no estaba leyendo realmente. No tenía ninguna razón para ocultar la verdad, simplemente disfrutaba tanto de aquella escena, que no quería que cambiara ni un ápice.
La melodía llegó a su fin. Jem abrió los ojos y le dedicó a su parabatai una amable sonrisa. Will cerró el libro, dando por terminada su no lectura, y le devolvió la sonrisa. Se levantó con lentitud de la silla, se acercó a él y le dio un suave y corto beso en los labios que el chico de cabello plateado no rechazó.
-Buenas noches, Jem.
-Descansa, Will.



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